El almacenamiento no afecta a los FPS que da tu gráfica, pero sí a algo que se nota mucho en el día a día: cuánto tardas en abrir el juego, cargar una partida o moverte entre zonas del mapa.
Un disco duro mecánico (HDD) usa partes móviles para leer los datos, lo que lo hace más lento y con tiempos de carga notablemente más largos. Un SSD (unidad de estado sólido) no tiene partes móviles y accede a los datos de forma casi instantánea, lo que se traduce en pantallas de carga mucho más cortas y un sistema en general más ágil.
Dentro de los SSD hay dos tipos principales. Los SSD SATA son más económicos y ya suponen una mejora enorme frente a un HDD. Los SSD NVMe (que se conectan directamente a la placa base, sin cables) son bastante más rápidos todavía, aunque en la práctica de juego esa diferencia extra frente a un SATA se nota menos que el salto de HDD a SSD en general.
El HDD no ha desaparecido: sigue siendo la opción más barata por gigabyte, lo que lo hace razonable como almacenamiento secundario para guardar juegos que juegas poco o archivos grandes que no necesitan velocidad. Lo que ya no tiene mucho sentido es instalar el sistema operativo o los juegos que juegas a diario en un HDD, pudiendo hacerlo en un SSD.
Un montaje muy común es usar un SSD (a menudo NVMe) como disco principal para el sistema operativo y los juegos activos, y añadir un HDD grande como almacenamiento secundario para el resto. Así consigues velocidad donde importa y espacio barato donde no es crítico.
Los juegos actuales ocupan cada vez más: no es raro que un solo título supere los 100 GB. Si vas a tener pocos juegos instalados a la vez, 500 GB pueden bastar; si prefieres tener varios listos para jugar sin desinstalar, conviene apuntar a 1 TB o más.
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